Ir al contenido principal

Entradas

Del demonio y sus problemas

El demonio tiene varios problemas. El primero en resolver es encontrar la puerta de la casa. Al parecer, todos los pasillos se han puesto de acuerdo para cortarle el camino. No tiene recolección de los hechos de los últimos días. Meses? Años? La casa huele a azufre. El demonio no tiene la culpa.  Se acuerda de la canción de "Little Talks" de Of Monsters and Men. La casa tan diferente y a la vez tan parecida a lo que alguna vez fue su lugar. Puede ser que ya sea de noche. No pasa luz entre las maderas que alguien puso en las ventanas.  "Yo no fui." Pensaba el demonio otra vez cansado de buscar la puerta y con la espalda contra la pared. La gente siempre atando cabos y juzgando sin primero buscar la verdad. "No me digas que no te ha pasado." El demonio hablando consigo mismo, entristecido. La mujer que vivía aquí dejó de vivir hacía mucho tiempo. Luego dejó de vagar los corredores y ahogar su pena en gemiditos penetrantes. Alguna tarde de otoñ...

Del demonio y Yolanda

Yolanda . El nombre lo tiene de artista o de bailarina de cabaret. Depende de quien lo pronuncie. El demonio la conoció cuando aún era estudiante de Literatura Rumana en la Universidad de Bucarest. El pelo largo y del tono que solo el chocolate amargo tiene. Las manos delgadas y llenas de pequitas casi imperceptibles. El demonio se llenó de sus ojos tristes y aún así vivos y enmarcados por las pestañas oscuras que parecían alas de mariposas nocturnas. El demonio supo en pocos segundos que nunca olvidaría a Yolanda: su boca delgada y sus pechos firmes. Yolanda tomó su café sin azúcar. Le sonrió al demonio más por aburrimiento que por interés. El demonio no dejó pasar la oportunidad de invitarla a sentarse con él. Tenía la cabeza ya llena de imágenes de su cuerpo desnudo; de su vida privada. De la ducha de la mañana. Yolanda le dijo ser modelo. No estudiante. Modelo. Estaba en la Universidad mientras se arreglaba el contrato que un tal Johnny Cliché le había asegurado para ir a Milan...

Dolores del cuerpo

Me duelen los huesos. Me doy cuenta de los años escondidos; de los días que no contaron y aún así estuve viva. Tengo la carne rota y el cuerpo cortado; las heridas que no sanan, las cicatrices que duelen cuando hace frío. Con tanto malestar del cuerpo, como no doler la explosión de colores del alma. La dicha; la bulla de los amaneceres juntos. Con la sangre en los recuerdos la alegría de las sonrisas que vas repartiendo. Sueño y me alegro, de que no gane mi cuerpo.

El duende y la lechuza

Para Rafael Santiago Érase una vez un pequeño duende que vivía en un bosque de los que todavía tienen muchos árboles. El duende era pequeñito, como del tamaño de un dedo pulgar; con las orejas redondas y la nariz puntiaguda. Gustaba de llevar un saco de terciopelo azul que ya estaba tan usado que estaba también repleto de parches que él mismo zurcía. El duendecillo se despertaba cada mañana con el primer rayo de sol y sacudía sus cabellos alborotados para ponerse después uno de esos gorritos con punta de bolita. Se ajustaba el pantalón y se lavaba la carita para ponerse a trabajar. A diferencia de otros duendes, Lamouse – así se llamaba nuestro amigo duende – tenía la costumbre de nunca echar mentiras. La mayoría de los duendes contaban mentiras casi siempre con la intención de obtener algo sin mucho esfuerzo de inocentes que encontraban en su camino. Pero Lamouse no creía en las mentiras. Cuando quería algo, trataba siempre de hacerlo con honestidad. Aquella mañana...

A tí

A veces te pienso y me gana la sonrisa. Con la risa grande, perpetua; la mirada siempre atenta, los sueños alborotados y siempre llenos. La vida saboreada como un buen tequila. Te llevas todo y nos dejas tanto. Te recordamos juntos y te festejamos. Todo tú, amigo: la celebración a la vida. Te digo hasta pronto, hasta luego, see you later, auf Wiedersehen... Te recuerdo hoy y mañana y todos los días, y cuando me acuerdo de tu risa, me pongo a reír contigo. Ser de sol y de mar;  de la tierra y ahora de los astros. Gracias, carnal, por hacerme sonreír.

Del demonio que olvidó su nombre

Fui exorcizado en un Domingo de Pascua. Me acuerdo de éso como si hubiera sido ayer, aunque ya hayan pasado tantos años. Las cosas que vi aquella tarde no serán para olvidarse pronto.  Había llegado al último cuerpo una tarde de Enero en las que ni siquiera había nieve. Los hombres estúpidos de la peregrinación me dejaron salir sin siquiera saberlo. Me les fui metiendo poco a poco en  una reliquia que llevaban cargando y ahí me quedé hasta que terminó su viaje. Fue la primera vez que dormí en años. Nadie se imagina lo que es andar errante, seco, solo. Lo que es no poder descansar porque de todos lados te corren y no te quieren dejar estar en ninguna parte. Nadie sabe lo que es vivir sin vivir y estar sin estar. Porque nadie te ve, a menos que los dejes. Pero en la reliquia me quedé dormido como será que duermen los inocentes. Sin sueños ni remordimientos. Tan solo lo negro bajo los párpados y las ganas de seguir durmiendo apenas despertando. Me quedé ahí hasta que ll...

Del demonio de la cueva

Antes hacía menos frío en las cuevas. El demonio se había ido acostumbrando a recogerse junto al fuego con el paso de los años. Tenía mucho tiempo solo y a la vez tan acompañado de sus nostalgias y recuerdos.  El demonio escuchó la voz poco antes del crepúsculo. Parecía lejana pero a la vez resonaba en el eco de las cuevas. Primero comenzó a dudar de su propia cordura. También los demonios empiezan a alucinar compañía cuando se sienten solos.  Los días son los peores.  La voz se fue acercando y el demonio salió al encuentro. La voz pertenecía a un hombre cantando mientras subía la montaña. Con voz rugosa y jadeante, masticaba las palabras en una melodía sin son. El demonio salió a su encuentro. - Buenas noches, amigo. - dijo el demonio - ¿Qué te trae por estos rumbos? - Buenas noches igualmente - dijo el hombre deteniéndose por un momento tratando de ignorar la desnudez soberbia del demonio - Estoy en camino a La Buena Fe. Es un rancho tras las montañas donde vo...